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Convento de Nuestra Señora de la Paz

CONVENTO DE NUESTRA SEÑORA DE LA PAZ


El Convento y la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz de Daimiel responde plenamente, con las particularidades propias del lugar, a esa estética, a la tipología carmelitana nacida desde el auspicio de Santa Teresa;

De dicho edificio, lamentablemente, no queda documentación alguna ni de la ermita ni de la zona conventual, por lo que tendremos que limitarnos a exponer algunos ejemplos para su compresión, sobre todo para las generaciones que no lo han conocido.

El vestigio que ha quedado en pie de todo el complejo no es otro que la Iglesia de Nuestra Señora de la Paz, la cual no es la primitiva iglesia, pues, según Hervás, en 1650 se construyó a costa del Ayuntamiento de Daimiel la actual Iglesia de la Paz, templo que responde con plena seguridad a unas trazas debidas, sin duda, a uno de los arquitectos pertenecientes a la Orden, aunque en realidad, posiblemente fueran mas de un arquitecto los que intervinieron en la totalidad de la edificación, pues está claro que el Convento de Nuestra Señora de la Paz existía antes de la llegada en 1599 .

Este era el procedimiento habitual: la realización de edificios religiosos fue llevado a cabo frecuentemente por miembros cualificados de la misma orden, destacando en este aspecto las comunidades carmelita y jesuita, cuyos respectivos esquemas constructivos eran fácilmente identificables.

Los Arquitectos Carmelitas que desarrollaron tal esquema y construyeron Iglesias y Conventos fueron, principalmente (además de Juan Gómez de Mora que no es carmelita, pero su intervención será clave en la Encarnación de Madrid y en la Clerecía de Salamanca), Fray Alonso de San José, Fray Nicolás de la Purificación y sobre todo tanto por realizar obras en nuestra zona como por la calidad de sus proyectos, Fray Alberto de la Madre de Dios.

También podemos reseñar al arquitecto que, tal vez, participara en los conventos daimieleños, Nicolás de Vergara el Mozo, uno de los principales arquitectos toledanos de finales del siglo XV, que en 1576 da las trazas para el Convento de San José de Malagón.

La arquitectura de los carmelitas no supone una ruptura con la arquitectura española del pasado o del momento, ni la creación de un modelo completamente nuevo y original, sino que utilizando aquellos elementos arquitectónicos propios del tiempo y que mejor se adaptan a sus necesidades, se crea un tipo de iglesia conventual nuevo que será seguido por muchas otras órdenes, por lo que para el lector puede resultar clarificante acudir a ver cómo es el actual Convento de Nuestra Señora de la Victoria de las RR. MM. Mínimas de San Francisco de Paula de Daimiel para hacerse mejor idea de cómo lo fue el de la Virgen de la Paz, ya que todas compartían unos principios básicos semejantes, aunque luego tuviesen funciones precisas peculiares, y una misma finalidad

Para entender la arquitectura del Convento de Nuestra Señora de la Paz de Daimiel que nos ocupa, hay que empezar, lógicamente, viendo lo que la propia Regla que siguen los Carmelitas Descalzos, la Regla de San Alberto, la misma de los Calzados, dice al respecto.

Desde el punto de vista arquitectónico, las únicas referencias que se hacen a propósito son las siguientes y que coinciden con los que tuvimos la fortuna de conocer y pisar el hoy desaparecido convento: que exista en el convento un refectorio común, celdas individuales para cada religioso, con la celda del prior a la entrada del monasterio (cuestiones todas ellas que se tratan en su capítulo III) y un oratorio en medio de esas celdas para poder celebrar la Misa (capítulo VII).

Para conseguir la funcionalidad de las exigencias de la Regla, los arquitectos carmelitas acogen de buen grado la solución que realiza Juan Gómez de Mora en la mencionada Clerecía de Salamanca, disponiéndose los conventos, y el que nos ocupa es así (y el de las RR.MM. Mínimas también), entorno a un gran patio cuadrado en torno al cual se adosan las edificaciones conventuales repartidas por unas galerías ejecutadas a base de pies derechos de madera, una disposición tradicionalmente empleada en España

En el capítulo 8 de las Constituciones dadas por Santa Teresa en Salamanca en1581, expresó ya claramente un deseo de sencillez y moderación que resultaría esencial para la arquitectura del Carmelo y perviviría en las sucesivas revisiones realizadas a dicho texto durante el siglo XVII.

En su escrito, la santa estableció escuetamente que:

... "la casa jamás se labre (se ornamente), si no fuese la iglesia, ni haya cosa curiosa, sino tosca de madera; y la casa sea pequeña y las piezas bajas; cosa que cumpla a la necesidad, y no sea superflua. Fuerte lo más que pudieren, y la cerca alta y campo (huerto) para hacer ermitas que se puedan apartar a oración, conforme a lo que hacían nuestros padres".

Algunos meses después, en las Constituciones del Capítulo de Alcalá, insistirá santa Teresa en que "nuestras casas no se labren con edificios suntuosos, sino humildes, y las celdas no serán mayores de doce pasos en cuadro" (I, Cap. II).

Pocas pero concisas palabras para hacernos idea de cómo fue nuestro desaparecido convento, para promulgar todo un programa de ascetismo constructivo basado en la desnudez arquitectónica, las estructuras humildes pero armoniosas, la concentración espiritual, los espacios reducidos y los ámbitos propicios a la meditación y al "vuelo místico", incluyendo una serie de ermitas dentro de la cerca para posibilitar el retiro y la oración solitaria de las monjas, tal y como estipulaban las reglas fundacionales de la orden.

El tema de las tapias o muros exteriores de los recintos conventuales, que será lo que mas recordemos posiblemente los daimieleños, del extinto Convento de Nuestra Señora de la Paz, con su amplio desarrollo en la Calle Jesús desde la casa de Macario Ontanaya hasta el atrio, coincidente con el actual pretil, que articulaba Iglesia/Casa del Guarda/ Entrada al Convento, con aquella cerámica de la Virgen de la Paz frente a la esquina de la Calle Luchana, adquirirá especial importancia durante el desarrollo de la ciudad moderna, tanto desde el punto de vista urbano como estético. Respecto al urbano, la tapia definía, protegía y aislaba del exterior todo el ámbito interior del convento, que con excepción de la iglesia se consideraba en su totalidad zona de clausura, incluyendo como tal no sólo las celdas y otros lugares cerrados para el aislamiento y vida de las religiosas, sino también las huertas y los espacios abiertos o al aire libre comprendidos dentro del muro.

Por definición, la clausura era absolutamente inviolable, es decir, que debía preservarse por completo de cualquier intromisión mundana, incluso de miradas comprometedoras o simplemente curiosas. Por ello las tapias, como las que recordamos, eran elevadas, a fin de evitar que desde las ventanas y huecos altos de los inmuebles adyacentes o próximos al convento se registrase el interior del mismo y se perturbase la vida espiritual y el forzoso aislamiento de las monjas, todo ello siguiendo un criterio habitual en la época y recogido en las ordenanzas urbanas de los municipios de Castilla, según el cual se privilegiaba el derecho de las comunidades eclesiásticas a preservar su intimidad por encima y en detrimento de los derechos públicos y particulares de la comunidad civil, que se veía obligada a cegar las ventanas y balcones de sus viviendas, e incluso a derribar los pisos superiores, cuando existía la posibilidad de registrar el interior de la clausura conventual y violentar el sepulcral retiro de las monjas.

Además de limitar el desarrollo vertical de la ciudad, las tapias conventuales condicionaban el aspecto o imagen de la misma, puesto que eran simples muros ciegos de ladrillo y tapial sin ninguna vocación monumental.

Con todo, en realidad, Santa Teresa no dio pautas concretas sobre la forma, sino que movida por su sentido práctico y resolutivo, tantas veces puesto de manifiesto alo largo de su vida, enuncia de un modo natural las tres categorías fundamentales de la arquitectura, FIRMITAS (firmeza), UTILITAS (utilidad) y VENUSTAS (belleza) definidas por Vitruvio en la Antigüedad y desarrolladas modernamente por Leon Battista Alberti y todos los demás comentaristas vitruvianos.

Los edificios carmelitas, ni Santa Teresa lo pretende, no suponen un desarrollo teórico de la famosa tríada vitruviana sino que se limitó a dictar unas normas básicas y esenciales para el desarrollo de la vida monástica del Carmelo Descalzo, cuyo contenido coincide en lo fundamental con las famosas categorías, y de ellas se extrae de forma indudable que se proscriben expresamente la suntuosidad y el adorno, en definitiva todo lo superfluo, y pondera en cambio lo esencial, tanto en lo que se refiere a la solidez del inmueble como a su comodidad, sugiriendo implícitamente para sus conventos una arquitectura elemental y una atmósfera serena y armoniosa, un espacio íntimo y recogido donde no sobrara ni faltara nada. De este modo, enuncia una sencilla definición de la belleza basada en lo inmutable y permanente, una suerte de ARMONÍA ARQUITECTÓNICA idónea para el recogimiento de la vida espiritual y para el cultivo sosegado y placentero de las almas. En santa Teresa la VENUSTAS se corresponde con la UTILITAS, entendida en su acepción más fundamental e irrenunciable que es la UTILIDAD DEL ESPÍRITU, aquella que conforta nuestra alma y confiere dignidad a nuestros actos.

Su forma de entender la vida, su espiritualidad, es la que va a determinar el modo de construir sus conventos. En este sentido, tampoco debemos olvidar que el desprecio por lo superfluo y la exaltación de la verdad entroncan directamente con el concepto de decoro formulado por la Iglesia Católica en el Concilio de Trento, unido a un firme rechazo de cualquier vestigio de lo profano. Fiel al espíritu de Trento y al ascetismo de sus propios ideales reformadores, Teresa defiende la verdad, la economía de medios, la subordinación de todos ellos a la procura de unos objetivos espirituales y la concepción de la belleza como armonía y trascendencia de lo mundano; una especie, en fin, de deleite íntimo y provechoso al desarrollo del espíritu.

Todas las recomendaciones de Santa Teresa se cifraban, a su vez, en una sola, que resumía también el espíritu de la orden reformada y fue repetida por ella en varias de sus fundaciones: "que todos los monasterios fuesen pobres"

 

Nota: La bibliografía utilizada ha sido:

Libro: "Historia de Daimiel", autor: Santos García Velasco.

Artículo: "La arquitectura carmelita en Daimiel", Revista Oficial de Semana Santa 2010 autor: Placido Ángel Sánchez-Camacho.

Artículo: "La arquitectura del convento carmelita de Nuestra Señora de la Paz de Daimiel", Revista Espinas Nº 2, autor: Francisco Javier García Simal

 

GALERÍA DE IMÁGENES: ERMITA DE LA PAZ

 

 
 
 
 
 

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